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Abejarucos, ¿los has visto pasar?

Por José Antonio Sánchez Iglesias

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Como cada año, son muchas decenas de diferentes especies de aves, desde el gran Buitre Leonado al pequeño Mosquitero Musical, las que retornan a África al final de la temporada de cría para pasar los meses fríos en latitudes más templadas. Miles de ellos sobrevuelan cada día nuestros bosques, campos y ciudades; la inmensa mayoría de ellos pasan desapercibidos para la mayoría de nosotros. Pero una de estas especies destaca por hacerse notar más de lo habitual y hacer su paso anual más que evidente, son la alegría de nuestros cielos, se trata del Abejaruco Europeo o Abejaruco Común.

Cada día a partir de finales de Julio o principios de Agosto, pasan sobre nuestras cabezas a baja altura durante el día grupos de unos 25 – 30 de ellos; raramente se los ve viajando en solitario. Su número aumenta hacia la primera mitad de Septiembre, para descender de nuevo hacia el final del mes. A diferencia de la mayoría de las especies migradoras, los abejarucos se hacen notar al viajar en grupos numerosos, a los que se oye llegar antes de ser vistos. Su inconfundible canto no pasa nunca desapercibido para los que lo conocemos y nos anima a levantar la vista al cielo cada vez que lo escuchamos llegar estos días y a despedirnos de ellos hasta la primavera que viene.

En este enlace podéis escuchar el canto de los abejarucos.

Al parecer los adultos nos abandonan primero y a continuación los bandos están compuestos principalmente de individuos jóvenes que vienen agrupados ya de las zonas de cría; en ellos las dos rectrices centrales de la cola no sobresalen tanto como en los adultos. La inmensa mayoría de los Abejarucos que vemos pasar por el Estrecho de Gibraltar son aves españolas, las aves procedentes de las colonias del sur de Francia realizan el paso del Mediterráneo más al este.

El Abejaruco es sin duda uno de los pájaros más vistosos de nuestras latitudes y fotógrafos y de naturaleza y observadores de aves disfrutamos de ellos cada año. Es muy habitual verlos posados en los cables eléctricos al pasar por nuestras carreteras y caminos, regalándonos con una enorme explosión de color y vitalidad. Con un par de prismáticos podemos echar un buen rato contemplando sus elegantes idas y venidas en busca de insectos e incluso podríamos detenernos algo más a intentar distinguir los machos de las hembras. No es una tarea sencilla ni evidente, pero con un poco de agudeza visual y mirándolos desde abajo se podrá observar el tono azulado más brillante del pecho de los machos y sus coberteras alares (la zona de las alas más cercana a la cabeza) más pardo rojizas que las de la hembra.

Es bien conocida la habilidad de los abejarucos – como bien apunta su nombre – para cazar abejas, abejorros y avispas, a los que extraen el aguijón antes de ingerirlos. Esta destreza no está respaldada por ninguna resistencia física especial a las picaduras, más allá del peculiar diseño del pico, que aleja de los ojos el aguijón y sus peligrosas histaminas. Aunque al contrario de lo que su nombre nos parece indicar, no solo se alimentan de abejas, sino de todo tipo de insectos.

Anidan en colonias y sus nidos los sitúan al final de unas galerías excavadas normalmente en taludes arenosos de unos 75 cm de longitud, aunque pueden llegar a medir hasta 1,5 metros de largo. En su construcción cada pareja extrae unos 10 – 15 kg de arena. Durante la realización de esta ardua tarea, el pico puede llegar a desgastarse hasta 1,5 cm, a veces no regularmente, siendo la parte superior o la inferior del pico la más desgastada.

Se trata de una de las pocas aves que realiza cría en cooperación, es decir, que otros individuos que no son los progenitores ayudan a alimentar a los polluelos, circunstancia que propicia nidadas sanas y muy numerosas. En nuestras tierras, además del Abejaruco, sólo la Gallineta de agua, el Mito y el Acentor común muestran este comportamiento cooperativo.

La temporada de cría es tiempo de alianzas familiares e intrigas. Padres que cuenta con la cooperación de ayudantes pueden alimentar mejor los polluelos y continuar mejor la línea familiar. El truco, por supuesto, es reclutar ayudantes, a menudo se utilizan tácticas de mano dura. Después de cavar la madriguera, un macho de abejaruco se dedica a cortejar a su compañera tratando de impresionarla trayendo regalos en forma de sabrosas abejas o libélulas. Se ha visto a padres inmiscuirse en los asuntos de sus hijos, reclamando este tipo de tratamiento o interrumpiendo maniobras de acoplamiento. Si eso no funciona, un padre puede llegar a bloquear la entrada a la madriguera del hijo para prevenir la entrada de la hembra para poner sus huevos. Después de un tiempo algunos hijos sucumben a la presión, abandonando sus propios trabajos de cría para convertirse en ayudantes en los nidos de sus padres.

Son más propensos a encontrar ayudantes entre los machos cuyos intentos reproductores fallan por causas naturales. Engaño y robo no son poco comunes, sin embargo. Casi todo lo malo que se puede uno imaginar sucede en las colonias. Si una hembra sale de su nido para alimentarse, otra hembra puede colarse a poner huevos en él, una táctica para hacer que un desconocido crie tus pollos. Del mismo modo, si un macho deja el nido sin vigilancia, otros machos pueden aprovechar la oportunidad para copular con su compañera. En otros casos los Abejarucos llegan a robar comida mediante el acoso a los vecinos que regresan con comida en el pico.
Una vez que las aves llegan a África, la temporada de relaciones sociales entra en su apogeo. Los machos permanecen con su propio clan, mientras que las hembras se van para mezclar sus genes con los de un grupo distinto. Los incendios a veces funcionan como mezcladores en este sentido, atrayendo abejarucos desde muy lejos para darse un festín de los insectos que huyen. Machos españoles se asocian con hembras nacidas en Italia, aves húngaras conocen a abejarucos kazajos y se emparejan de por vida. En abril, es hora de volver a Europa. Los machos del año regresan a sus lugares natales con nuevas compañeras.

Es una vida corta, pero emocionante. Un abejaruco sobrevivirá solo cinco años, tal vez seis. Los rigores de la migración, esquivando los halcones en el camino, se cobrar peaje sobre la población. El abejaruco hoy día también tiene que lidiar con la disminución del número de insectos debido a los pesticidas y la desaparición de los lugares de reproducción como los ríos, que se convierten en canales con paredes de hormigón. Pero qué gran historia vital: persecuciones de abejas, ataques a las colmenas, incendios forestales, intrigas en las colonias, y los cruces del Estrecho de Gibraltar, todo condensado en unos pocos años de vida.

Nos dejan ahora, pero volverán la primavera que viene y volverán a alegrar nuestros cielos y nuestra vida. Son sin duda un regalo inapreciable de la naturaleza.

About José Antonio Sánchez Iglesias

José Antonio Sánchez se licenció en Biología por la Universidad de Sevilla en 1985. Más tarde, durante varios años, se dedicó a organizar y guiar rutas de senderismo y naturaleza ...

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