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El juego de la Naturaleza

Por Lucía Lozano Villarán

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Los viejos del lugar cuentan que hasta no hace mucho los ánsares apenas abandonaban las seguras marismas del Parque Nacional, en ella encontraban todo lo que necesitaban a partir del mes de Septiembre, cuando se les empezaba a ver llegar. Pero hoy día las cosas han cambiado, la temporada de lluvias no acaba de arrancar este año, las escasas precipitaciones que hemos tenido hasta ahora solo han bastado para inundar la marisma junto a El Rocío y mantener el nivel en el Caño Guadiamar. Los miles de ánsares que ya han llegado tienen poco refugio este otoño y, como suele pasar por estas fechas en los últimos tiempos, pasan noche en las resecas marismas de Hinojos y Almonte para emprender cada mañana un corto viaje a los arrozales de Hato Blanco, cercanos al Parque.
Poco beneficio les trae a ellos este cambio de planes, pero a nosotros nos permite disfrutar cada día uno de los mejores atractivos naturales de Doñana. Cada mañana desde poco después del amanecer, bando tras bando, grupos de Ánsares Comunes nos sobrevuelan en nuestro punto de observación habitual junto a la Cancela de la Escupidera, a la entrada de la Marisma de Hinojos. A escasa altura sobre nuestras cabezas nos saludan con sus graznidos potentes en su camino hacia su desayuno diario.
Estos maestros del vuelo sin motor despliegan todas sus habilidades ante nosotros, qué dominio del aire, qué potencia; se siente la energía que desprenden, un ejército compuesto por miles de experimentados soldados cuya fuerza conjunta podría mover montañas y desviar el cauce de los ríos. Esas son las sensaciones que nos transmiten: fuerza, poder, admiración. Es sin duda uno de los mayores atractivos de Doñana en Otoño.
Antes de llegar a la marisma ya hemos disfrutado también de otra emocionante demostración de fuerza; parados en la Raya Real, junto al alcornocal adehesado de Matasgordas, nos deleitamos con las maniobras de dos machos de gamo que se disputan el derecho a perpetuar sus genes a través de su harén de hembras. Entrechocan sus cuernas con energía controlada, con precisión milimétrica. No se observa en sus caras ningún gesto de enfado, miedo u odio, simplemente llevan a cabo unos ejercicios bien entrenados cuyo fin esta también muy bien determinado, sin aparentes tensiones excesivas, es solo otra nueva demostración del diario juego de la naturaleza.
Entre los lentiscos, zarzas y tarajes, con muchos menos anuncios espectaculares pero con señales evidentes para los de oídos y ojos entrenados, los Mosquiteros Comunes, Petirrojos y Currucas Capirotadas se han adueñado de los bosques. Sus cantos se unen a los de las Currucas Cabecinegras. Pinzones, Carboneros, Herrerillos y Agateadores. Los Colirrojos Tizones, más tímidos, también abundan ya, igual que las Lavanderas Blancas. Ambos son ya muy abundantes también en las marismas, donde todavía se pueden ver algunas Collalbas Grises en migración. Jilgueros y Verdecillos se agrupan en enormes bandos que se dejan caer sobre los prados llenos de cardos, mientras que los también enormes grupos de Alondras y Bisbitas Comunes recién llegadas sobrevuelan a baja altura los almajos.
Muchos Milanos Reales, Ratoneros, Cernícalos Comunes y algunos Primillas, Aguiluchos Laguneros y Pálidos, algún Halcón Peregrino y algún Esmerejón ocupan cada uno su rincón en los cielos y vallas del Parque. Con un poquito de suerte incluso encontramos el rincón ocupado por algún Águila Imperial, la cual no necesita hacer ninguna demostración de fuerza para irradiarla a simple vista. Hoy tuvimos la fortuna de encontrar a un joven de esta especie posada sobre un poste eléctrico en el Caño Guadiamar; para Matthew, mi cliente de hoy, era su primera ocasión y no se perdió detalle a través del telescopio. La pudimos observar ya desde el puente sobre el caño, en la distancia, después de haber tenido la suerte de conseguir buenas vistas de Pechiazul, otro invernante habitual de Doñana, y de Rascón, residente pero siempre complicado de observar. Después de hacer una parada técnica en el Centro de Visitantes de José Antonio Valverde nos dirigimos hacia Huerta Tejada para observar los bandos de Alcaravanes que escogen estos campos de cereal recién plantado para pasar los inviernos. Por el camino también disfrutamos de excelentes vistas de los grupos de Grullas que se dirigían a los cercanos arrozales de Hato Blanco. Una vez en ellos pudimos encontrar otra de las especies que necesitaba mi cliente: la Cigüeña Negra, la cual en número de varios cientos nos visita cada invierno sin falta.

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