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Los sonidos del verano en Doñana

Por Lucía Lozano Villarán

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Paco, Inés, Manolo y Maica venían de pasar unos días de relax en las playas de Mazagón; son personas de mundo, por motivos de trabajo han recorrido buena parte de España y de Europa pero sólo me contaban maravillas de esas infinitas playas de fina arena blanca que bordean la costa onubense. No hay otro lugar en España o quizás en Europa, me decían, donde uno pueda encontrar todavía algo así: una playa tranquila y preciosa que se extiende hasta donde la vista alcanza para ti solo. Y es que con solo dar un tranquilo paseo durante un ratito y alejarse un poco de alguno de los escasos accesos públicos que se reparten a lo largo de la costa entre Matalascañas y Mazagón se encuentra uno en esa situación idílica de paz y tranquilidad en medio de una naturaleza de las más bellas formas.
Quedamos temprano, justo antes del amanecer, cuando la luz todavía no es suficiente para definir bien las siluetas y los colores. A esa hora ya estaba el Águila Imperial posada en una rama seca del eucalipto que le sirve de lugar de anidamiento, justo al otro lado de la marisma de El Rocío. Los ciervos que pastaban no lejos de ella, a lo largo del mismo borde de la reseca llanura, aprovechando las ultimas manchas de hierba verde del verano, no tenían nada de qué preocuparse, la reina de los cielos de Doñana sólo estaba desperezándose a un nuevo día y quizás examinando desde su alta atalaya la posibilidad de un desayuno temprano y fácil, nunca se sabe, en forma de conejo despistado.
Sólo un poco más allá, en la última charca de la Madre de las Marismas que aun resiste al infatigable verano, cientos de cigüeñas, flamencos, espátulas, garzas, avocetas, cigüeñuelas, patos y otras aves más pequeñas difícil de identificar en la distancia, se arremolinaban en torno a las aguas someras donde los últimos peces, ranas y otros invertebrados acuáticos se concentran intentando aplazar lo inevitable. El primer milano negro del día los sobrevolaba en ese momento, también en busca de alguna presa fácil con la que calmar su hambre mañanera. Todo  en calma, un silencio que solo rompían algunos estorninos que se saludaban unos a otros en los tejados cercanos.
De vuelta en el Land Rover nos dirigimos hacia la entrada norte del Parque Nacional. Poco después de cruzar el Puente del Abolí, solo después de recorrer unos pocos cientos de metros a lo largo de la Raya Real hicimos una nueva parada para examinar los alcornoques cercanos. Echamos pie a tierra y haciendo uso de los prismáticos localizamos un milano negro posado sobre un tronco muerto al que pudimos espiar con facilidad con el telescopio, la luz suave del recién salido sol coloreaba de rojo su plumaje mientras estiraba sus alas preparándolas para iniciar el trabajo. Algo más a la derecha y más cerca, pero bastante más ocultas al ojo inexperto, una pareja de Águilas Calzadas aprovechaban también los primeros rayos de sol para terminar de despertarse. Algunos pinzones y currucas capirotadas comenzaban sus primeras charlas desde los pinares y arbustos a nuestra espalda, un chochín también rompía a cantar desde mucho más profundo en el bosque. Una pequeña mancha blanca sobre un jaguarzo lejano se convirtió en un alcaudón común para Inés al mirarlo a través del telescopio. Una pareja de cuervos nos sobrevolaron rompiendo con sus graznidos la suavidad de imagen y sonido del recién iniciado día. Ello pareció terminar de despertar a nuestra pareja de Águilas Calzadas que comenzaron una conversación consistente en sencillas llamadas alternas más propias de un gran pollito que de una de nuestras mejores rapaces cazadoras. El Milano Negro rojizo saludaba a otro de sus congéneres que le sobrevolaba en ese momento con su habitual grito medio jocoso medio lloroso que nos recuerda más al relincho de un caballo delgaducho que a cualquier otra cosa; realmente difícil para el profano pensar que aquel sonido podía proceder de un ave de presa de metro y medio de envergadura.
Mientras escribo esto los gorriones vuelven de los campos a su refugio nocturno en los jardines de las casas del Rocío, las garcillas bueyeras vuelan bajo en grupos hacia sus dormideros al borde de la marisma y los martinetes hacen lo opuesto y comienzan su jornada de trabajo.
Reemprendimos la marcha y los próximos kilómetros nos movimos a través del Pinar de Coto del Rey, donde nuestros ojos se emplearon a fondo para intentar encontrar la silueta más deseada, la del Lince Ibérico, tarea nada fácil. Yo tenía un trabajo añadido, que era el de escanear el camino arenoso a nuestro paso en busca de su rastro, trabajo en el cual tengo éxito y consigo ofrecer a mis acompañantes de ese día al menos esa esperanzadora señal de sus recientes andanzas nocturnas. Carboneros, herrerillos, agateadores y verdecillos se advertían unos a otros de nuestra presencia con sus melódicos cantos, nada comparable a los completos conciertos de primavera sin embargo.
El pinar nos dio paso a fresnos y acebuches en los terrenos más abiertos del Vicioso. Al pasar junto a la Casa de la Cañada Mayor, antigua casa de guardas, una nueva Águila Calzada nos observa desde su oteadero en el alcornoque más alto de la zona, no tardará mucho en dejarnos, como han hecho ya la mayoría de sus parientes los milanos negros, y emprender su viaje al África subsahariana donde pasará el invierno. La migración ha comenzado.
El rastro fresco de lince que encontramos poco después en el alcornoque que nos sirve de parada justo al principio de la marisma, nos confirmó que había estado por allí hacía muy poco, pero por esta vez se nos escapó. Un bando de garcillas bueyeras cazaban saltamontes cantadores entre el pasto seco, desde donde parecían haber salido poco antes los ciervos que habían dejado su claro rastro atravesando una zona donde abundaban las trampas de hormigas león.
Dejamos el bosque y avanzamos por las marismas secas donde encontramos una reunión e 6 milanos que parecían simplemente descansar y socializar mientras un cernícalo común los miraba de reojo desde su posadero en la valla ganadera. Un poco más allá una pareja de cuervos picoteaba los restos de una vaca muerta y junto a ellos un grupo de yeguas con sus potrillos iniciaba el diario camino hacia los pilones de agua de las chozas de los ganaderos.
El horizonte, ya oscilante por las corrientes ascendentes del aire que empezaban a formarse sobre la amplia planicie, se veía interrumpido bruscamente por una macha amarillenta alargada que no era otra cosa que el bien conocido Cerro de los Ánsares. En este duro ambiente solo unas pocas especies de aves como las cogujadas y las terreras continúan aprovechando sus escasos recursos, las currucas tomilleras también están adaptadas a soportar estas condiciones y vimos algunas alimentándose de pequeños artrópodos en las vallas y almajos cercanos.
Por fin llegamos al oasis del Caño Guadiamar donde todavía la vegetación se mantiene verde y los pájaros se concentran en grandes números. Varias cigüeñuelas, andarríos grandes y moritos se alimentaban en un charco casi seco mientras jóvenes de calamones y pollas de agua se asustaban y gritaban a nuestro paso. Bandos de moritos y espátulas nos sobrevolaban y las garzas imperiales solitarias cazaban escondidas entre los juncos. Algunas jóvenes inexpertas aterrizaban con dificultades en la pista frente a nosotros.
Numerosas avistamientos a lo largo del caño durante los siguientes kilómetros; una espátula pasó volando seguida por una de sus crecidas crías que le reclamaba comida incansablemente con un quejido muy característico que parecía salirle de algún lugar tan hondo como el estómago. Encontramos poco más adelante un águila culebrera posada sobre un poste eléctrico de la que tuvimos excelentes vistas a través del telescopio, sus grandes ojos amarillos llamaron la atención de Maica, y otra un poco más allá que nos deleitó con su vuelo majestuoso.
Después tomamos una merecida parada en el Centro de Visitantes de José A. Valverde donde observamos durante un rato cientos de moritos y garcetas todavía alimentando a sus pollos y los vuelos bajos de varios aguiluchos laguneros y milanos en busca de su almuerzo. Una vez repuestas las fuerzas nos dirigimos hacia el Lucio del Lobo donde pudimos observar varios grupos de gamos descansando entre los altos almajos y disfrutamos de nuevo del majestuoso vuelo de una pareja de águilas culebreras. Al poco se posaron en dos postes contiguos y comenzaron una amena charla de la que, por supuesto, no entendimos nada. Siendo aves normalmente muy silenciosas disfruté de aquel pequeño momento que la naturaleza nos regala a aquellos que tenemos nuestros sentidos dispuestos a apreciarlos. Los sonidos del verano en Doñana fueron un gran complemento a la visita esa mañana y me ayudaran en buena medida a convertir nuestra salida al campo en una experiencia para recordar para mis cuatro clientes del día.

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