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La marisma con grandes nubes blancas reflejadas y la Ermita del Rocío al fondo

Las bellezas de Doñana.

Por José Antonio Sánchez Iglesias

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Hoy vuelvo a Doñana dos meses después. Dos meses de encierro jugando a imaginarme una Doñana que solo los más viejos del lugar han vivido. Inquieto, nervioso y expectante, así llego al Rocío en una fresca mañana, bajo un cielo cubierto de altas nubes grises. La lejana silueta de la Sierra de Grazalema añade un estrato poco habitual al paisaje marismeño. Las lluvias de las últimas semanas han elevado el nivel de las aguas a los pies de La Ermita, que domina con fuerza el paisaje. Recuerdo la prometedora previsión de cielos azules decorados de nubes de algodón más avanzado el día y continúo mi camino.

La marisma con la silueta de la Sierra de Grazalema al fondo

Varias semanas atrás había podido oír desde mi casa a los primeros abejarucos volviendo, ahora por fin puedo verlos, alegría para mis ojos. La segunda parada obligada es en el Puente del Ajolí. El Caño Marín baja alto, sus aguas amarillentas cargadas de sedimentos discurren lentas y silenciosas bajo el puente. Había echado también de menos el armónico canto del ruiseñor y ahora lo disfruto de nuevo, alegría para mis oídos.

Las arenas de la Raya Real, borrachas de lluvia, se han decorado con un largo rosario de grandes espejos de aguas quietas donde las nubes y los pinos se miran. Los primeros tonos azules comienzan a rodear las nubes, que se blanquean con la mirada del sol que se eleva lentamente. Nunca entra uno en esos bosques sin albergar esperanzas de tropezarse con el gato y así entro, con la emoción contenida del encuentro deseado. Los suelos, casi limpios de rastros humanos, son un fiel reflejo de la actividad de los habitantes nativos del bosque. Las huellas de pequeños roedores, conejos, jabalíes, ciervos, patos, cigüeñas y las de otras aves más pequeñas rodean los grandes charcos.

Gran charco rodeado de vegetación

En la dehesa de alcornoques domina el verde de las gramíneas, que han proliferado gracias al clima favorable. Tempraneros milanos negros la sobrevuelan en busca del desayuno. Me adentro en el pinar y en las zonas abiertas a lo largo del cortafuegos por el que me muevo aparecen notas dispersas de color. Manchas de margaritas y otras pequeñas flores que comienzan a abrirse y, destacando sobre las hierbas espigadas, encuentro preciosos jacintos rosados y esbeltos y brillantes lirios morados. Parejas de tórtolas se levantan a mi paso mientras las totovías entonan su silbidos descendentes desde su posadero en alguna rama baja de algún pino. Verdecillos, verderones, agateadores, chochines, pinzones, carboneros, herrerillos y un lejano pico picapinos me regalan la sinfonia habitual de cantos en esta época del año.

 

Pinos y lentiscos visten sus verdes de gala y veo que la orla de helechos a lo largo del Arroyo de la Cañada Mayor ha ganado altura. Me bajo del coche para apartar unas ramas caídas que bloquean el camino, clara evidencia de que nadie ha pasado por allí en algún tiempo. El gato sigue sin aparecer. Es la época del año en la que las hembras pasan mucho tiempo con los cachorros en su cubil, con lo que las probabilidades de tropezarse con ellas disminuyen. Pero confío en los machos que a buen seguro siguen con sus tareas habituales de patrullaje y defensa de su territorio además de las propias de la caza.

Los colores azules metálicos de las flores de la lengua de vaca y las viboreras contrastan con las cada vez más numerosas margaritas abiertas al sol cuando atravieso los Vados del Pinto. Una pareja de abejarucos me miran desde el tendido eléctrico mientras una abubilla cruza el camino y  se aleja volando entre los acebuches. Una capa de tres dedos de agua cubre el segundo vado y no hay señales de que el agua haya corrido recientemente por la zona, con lo que las expectativas de encontrarme la marisma inundada disminuyen.

Al llegar al Alcornocal de Matasgordas me saludan los habituales milanos negros desde sus posaderos y observo con deleite los quiebros de un águila calzada perseguida por uno de ellos, disputándose quizás el espacio en torno a sus nidos. Dónde están los ciervos, me pregunto, no ha aparecido ninguno todavía, que raro. Pero caigo en la cuenta que es mediados de Mayo, la época del año en la que las hembras dejan la protección de la manada y buscan un rincón tranquilo del bosque para dar a luz a su cervatillo.  Los machos siempre son más esquivos. Estando inmerso en estos pensamientos es cuando aparece entre los lentiscos el primer macho joven, con sus incipientes cuernas aterciopeladas.

Clavellinas con la marisma de fondo

El paisaje se abre de repente y el denso bosque cede gustoso ante la extensa marisma, allá donde las inundables arcillas cortan su paso. Grandes praderas de gramíneas dominan sobre algunas manchas de almajos que cubren las zonas más altas y pequeñas zonas inundadas en las más bajas. Hago la habitual parada junto al gran alcornoque que se yergue majestuoso a la vera de la marisma que parece vigilar. Las mismas vistas que él disfruta a diario me alegran el alma a mí de nuevo en esa mañana de cielos cubiertos de nubes grises. A los pies del vigilante una elegante mata de clavellinas pone la nota de contraste en el verde circundante. Toda una legión de pequeños escarabajos negros y rojos se afanan en alimentarse sobre sus flores, completamente ajenos a los nubarrones que se ciernen sobre el incierto futuro de muchos. Todavía hay pocas rapaces volando, es aun algo temprano, y tampoco localizo ningún águila imperial posada en los lejanos márgenes del bosque. La pareja de golondrinas dáuricas que anida cada año debajo del cercano puente del camino me sobrevuela para levantarme el ánimo, y lo consiguen. Reanudo la marcha.

 

Me adentro en las marismas. No consigo encontrar a los mochuelos de Veta Zorrera pero sí un gran macho de perdiz montado en su atalaya encima de una de las grandes raíces de eucalipto. Continúo y algo llama mi atención en la praderas a mi derecha. La cabeza de un gran ciervo, decorada con con unas cuernas de unos 40 cms de aspecto suave, sobresale entre las hierbas. A su lado encuentro tres cabezas más con cuernas de distinto tamaño. Alertados por mi presencia se ponen en pie y se alejan trotando. Estos dos últimos meses de separación de la amenaza humana evidentemente no han servido para resetear su arraigado instinto de supervivencia. Justo antes de llegar a la Cancela de la Escupidera me sorprende la presencia de mi primera garza imperial del año. Inusualmente al descubierto como si de una garza real se tratara e inusualmente descarada me permite que le haga varias fotos.

Marisma con grupo de caballos en la lejanía

Cogujadas, terreras y calandrias me dan la bienvenida a las extensas marismas inundables, donde pequeños oasis de verdor rompen una inmensa planicie que ya amarillea. Grupos de caballos y vacas pastan a lo lejos. Algo más adelante, las zonas encharcadas aumentan conforme la topografía del terreno desciende. Se distinguen grandes grupos de flamencos en la lejanía y grupos de garcetas y moritos que se alimentan en las aguas acumuladas por las lluvias de los últimos días. Cigüeñuelas, algunas avefrías y varias canasteras me saludan al paso, cada una con su particular dialecto. También me llega otro sonido que identifico fácilmente, los gritos de los abundantes fumareles cariblancos que revolotean a baja altura. Mucho más silenciosos, pasan casi desapercibidos un gran número de chorlitejos grandes y otros pequeños limícolas, fieles a su cita en Doñana de cada mes de Mayo durante sus migraciones al norte.

Marisma encharcada

Al llegar al Caño Guadiamar se me hace obligada la parada. Los flamencos del grupo más cercano se alejan despacio pero sin pausa del vehículo que rompe la paz del lugar. Las aguas más profundas aquí albergan una buena variedad de aves acuáticas. Somormujos, zampullines, fochas, calamones, garzas, moritos se alimentan en aguas de distinta profundidad. Carriceros tordales, ruiseñores bastardos y buscarlas unicolor cantan desde sus escondites entres carrizos y eneas. Una pareja de porrones pardos levantan el vuelo cuando salgo del coche. Ilusionado venía por encontrar señales de aves en reproducción pero muy a mi pesar no las encuentro. Las lluvias han llegado demasiado tarde esta primavera y no en la cantidad necesaria para pensar en una reproducción tardía como la de hace unos pocos años. Un avetorillo vuela sobre la carretera para esconderse en un taraje y poco después una garcilla cangrejera sobrevuela las aguas del Caño. La actividad es baja comparada con la de un buen año en Doñana pero ya estamos acostumbrados a esa alternancia de años buenos y menos buenos, esta es la irregular normalidad que nos trae nuestro irregular clima mediterráneo.

Marisma con flamencos

Mi exploración a todo lo largo del Caño Guadiamar no hace más que confirmar lo evidente: los muchos miles de moritos, garzas imperiales, garcetas grandes, garcillas cangrejeras, garcetas comunes, garcillas bueyeras y martinetes que suelen reproducirse en el Caño no lo están haciendo este año. Lo mismo se puede aplicar a los lucios en torno a Jose Antonio Valverde, donde la actividad también es muy escasa. Poco antes de llegar a este encuentro por fin un signo claro de los efectos de la escasa actividad humana en la zona de los últimos dos meses: una nueva gran colonia de gorriones morunos en los tarajes junto a la carretera.

Continúo hasta el Lucio del Lobo, donde encuentro que se ha acumulado algo de agua. Algunos moritos y garcetas se alimentan en ella. Ya es medio día, de vuelta ya un águila culebrera se levanta de su posadero en poste eléctrico y un grupo de gamos jóvenes se aleja brincando sobre la alta vegetación.

 

Las nubes grises y luz tenue con las que empezamos la jornada han desaparecido. Ahora un cielo azul decorado de grandes nubes blancas y una brillante luz de primavera las han sustituido. La Marisma de Hinojos luce ahora mucho más atractiva aunque los lejanos bandos de flamencos aparecen ahora mucho más difuminados por el aire calentado ascendente. Una docena de buitres leonados se disputan algo que los almajos ocultan junto a las Chozas del Pastor. Entre ellos destaca uno negro. Varios milanos negros y uno real los sobrevuelan buscando una oportunidad. Los verdes de las zonas encharcadas contrastan ahora mucho más con los amarillos pastos ya agostados.

Grupo de caballos atravesando el agua en la marisma

Sin cervatillos ni perdigones a la vista, atravieso los alcornocales y pinares de vuelta al Rocío. La Madre también luce más bonita ahora. La parada junto al restaurante se hace imprescindible. Un grupo de yeguas atraviesa las aguas más profundas para venir a probar los pastos junto al Puente de la Canaliega. Me vuelvo a casa con una buena colección de instantáneas donde guardo la hermosura de un paisaje en el que las nubes sombrean la silueta de la ermita mientras se miran coquetas en las tranquilas aguas de la marisma. Me vuelvo a casa con el espíritu reanimado por las bellezas de este paraíso natural y esperanzas renovadas de estar pronto de vuelta en mi tarea de compartirlas con vosotros. Nos vemos en Doñana.

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About José Antonio Sánchez Iglesias

José Antonio Sánchez se licenció en Biología por la Universidad de Sevilla en 1985. Más tarde, durante varios años, se dedicó a organizar y guiar rutas de senderismo y naturaleza ...

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