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Iberian lynx carrying a rabbit in its mouth

¡ Hurra, están confinados !

Por José Antonio Sánchez Iglesias

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Si pensaran en términos humanos, eso es lo que deberían estar diciéndose unos a otros los habitantes de Doñana ahora. No han existido jamas en la historia de Doñana días como estos; días en los que sus bosques, marismas, playas y dunas han encontrado la paz absoluta. Y es que para nosotros lo insólito de esta situación a la que se enfrenta la humanidad nos ha llevado al confinamiento casi absoluto, pero para ellos esta misma insólita situación les está regalando algo que desconocían por completo. Nadie en Doñana, ni el más barbudo lince, ni el más cornudo ciervo, ni la más sabia de las águilas imperiales del Parque había experimentado nunca nada parecido. Ni sus playas infinitas de arena fina que permanecen limpias de huellas estos días, ni las más altas de sus dunas que vigilan desde hace siglos sus extensas marismas desde su privilegiada atalaya, ni los más viejos de los alcornoques de la vera que ya deben estar sintiendo el cosquilleo sobre sus ramas de garzas y espátulas, ni siquiera los más ajados de sus acebuches centenarios habían visto días como estos en Doñana.

Mobile dunes and pine woods

Pero me lo puedo imaginar como si lo viera. Puedo imaginarme entrando al amanecer por el Puente del Ajolí sobre mi alfombra mágica y avistando a Moreno, el lince macho dominante de ese territorio, bebiendo tranquilo de las aguas que corren por debajo. Agachado sobre sus cuatro patas, con las delanteras justo fuera del agua para no mojárselas y su rabito tieso sobresaliendo de su silueta. Lo veo saciado y alejándose del arroyo con paso calmo pero firme, igual que lo haría un gato callejero que atraviesa una calle durante la noche, para perderse detrás de los lentiscos para comenzar la cacería mañanera. Jaspe, su hembra, puede que aun siga interesada en sus atenciones, aunque más probablemente deba andar ya escogiendo el mejor lugar para traer al mundo a sus cachorros dentro de unas semanas y este año, con más probabilidad aun que otros, puede que decida elegir uno de esos grandes lentiscos que crecen en medio del camino, más tranquilo de lo que nunca lo había visto antes.

 

También me imagino a los bandos de rabilargos que estos días estarán muy entretenidos durante la mañana alimentándose debajo de los alamos blancos. El rocío de la noche humedece las espiguillas de flores y las hace caer al suelo, con ellas deben caer también pequeñas larvas de insectos que viven en ellas. Los últimos petirrojos y colirrojos tizones de la temporada también se estarían acercando a compartir el festín, así como ruiseñores bastardos, chochines y probablemente, con lo adelantada que está la migración este año, los primeros ruiseñores ya de vuelta de África. Si pensarán en términos humanos, los rabilargos deben en realidad estar echando de menos los cagajones de los habituales caballos de fin de semana, otra fuente habitual de alimento para ellos.

Y es que ya no se estarán paseando caballos y carretas a lo largo de la Raya Real, un flujo habitual de personas sobre monturas, paseantes y carreteros al que acompaña periódicamente un flujo mucho menos deseado de vasos, botellas, plásticos y otros desperdicios que poco o nada aportan a la fauna local y mucho daño hacen al paisaje de Doñana. Lamentablemente el otro flujo habitual, el de perros rocieros, no habrá cesado y puedo imaginarme cómo continúan importunando a linces, zorros, jabalíes y ciervos del lugar.

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Pasando desapercibido como iría allá sobre mi alfombra mágica. Contemplaría a nuestras cigüeñas dando grandes zancadas con parsimonia entre los tarajes del inicio de la Raya Real y parando de vez en cuando para, sin prisas ni estreses, bajar su cuello para lanzar su pico con un último y rápido movimiento para capturar algún insecto o anfibio que, completamente ajeno a lo que se le vienen encima, emite su última energía vital antes de caer en la oscuridad.

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Puedo ver casi como si estuviera allí a los primeros milanos negros ya trabajando con las primeras luces del alba; sus apesadumbrados quejidos deben estar inundando estos días las dehesas de alcornoques de Matasgordas. Me los imagino dando esos típicos quiebros en su trayectoria de vuelo para descender bruscamente y recoger en vuelo rasante algún palito de su agrado y elevarse de nuevo para llevarlo a su nido y demostrar a sus parejas lo involucrados que están con el trabajo acordado. El fresno en el que anida debe tener ya un buen follaje de hojas verdes. Seguro que si continuara sobrevolando la Raya Real con mi alfombra mágica y gracias a las habilidades mágicamente aumentadas de mis ojos, podría ver como el número de rastros sobre la arena de sapos corredores y otras criaturas de la noche ha aumentado considerablemente en los últimos días. Ajenos a los cambios acaecidos lejos de sus arenas, continúan con sus paseos nocturnos en busca de comida y pareja. A los ratones de campo, musarañas, lagartijas, escarabajos y demás sabandijas rastreras tampoco debe estar importándole lo más mínimo el sufrimiento del ser humano, pero seguro que disfrutan también de los momentos más tranquilos en muchas miles de estaciones.

 

No me hace falta en realidad imaginármelo porque después de haberlo vivido tantas veces puedo casi verlo, aunque me agrada verme sobrevolando Doñana sobre mi alfombra mágica. En los prados dentro del Coto del Rey las flores de los narcisos ya marchitados estarán perdiendo su níveo color blanco para mostrarse chuchurridas y parduscas como cera derretida. El tiempo de las flores amarillas de los jaramagos que dominaban grandes extensiones bajo las copas de los altos pinos debe haber pasado. Ahora deben ser el blanco de las flores de las campanillas de primavera, el amarillo de los tubitos colgantes de las palomeras y las azuladas de la lengua de vaca los que decoran los verdes prados de gramíneas. Los helechos deben ya estar también cogiendo altura y ayudando a decorar el bosque. Las ciervas con sus crías del año pasado deben estar pastando tranquilamente en pequeños grupos, disfrutando de una tranquilidad inusual, sin preocuparse de esos que se han parado ahí a mirarnos o aquel que arrastra una caja ruidosísima detrás donde le ha parecido ver a alguien encerrado. Extraños deben sentirse de alguna manera por aquella inesperada situación donde la calma, la verdadera calma, lo inunda todo.

Pinar al amanecer

Los caminos se deben estar desvaneciéndose lentamente bajo las hierbas que, ajenas a la desazón humana, encuentran de repente una oportunidad para germinar allí donde ninguna lo hizo desde hace incontables generaciones. También me imagino viendo con claridad desde mi ventajoso observatorio a las pequeñas larvas de hormiga león aliviadas por no tener que rehacer tan a menudo sus embudos sin saber por qué y a los tejones del lugar sorprendidos por el extraño evento de encontrarse las huellas que dejaron el día anterior cuando caminaron a lo largo del surco de los humanos.

Me imagino deteniendo el vuelo de mi alfombra sobre un viejo alcornoque al borde del camino, donde una recién llegada águila calzada encuentra un estupendo y tranquilo lugar para construir su nido. La pobre no alcanza a entender cómo pasó por alto aquel lugar perfecto el año anterior. Lo mismo le ocurre a la pareja de abubillas que encuentran en una de sus ramas rotas el agujero perfecto para poner sus huevos y criar a su prole esta primavera. Y algo parecido me imagino ocurriéndole a los alcaudones comunes que deben haberse repartido ya por todos las zonas abiertas del bosque y haber comenzado a disputarse sus territorios, y los primeros abejarucos que deben estar ya divisando nuestras costas si no han llegado ya.

Águila calzada posada

Fagínea, la lincesa cuyo territorio se extiende por los alcornocales de Matasgordas, debe estar pasando las jornadas más tranquila estos días, sin tener que preocuparse tanto por sus dos hijos adolescentes que ya deben estar pasando sin duda la mayor parte del tiempo sin su madre. Estos perfeccionarán esta primavera sus técnicas de caza mucho mejor sin las molestias de ese ruido que le espanta el conejo o el incordio de ese tío corto de entendederas que, escondido detrás del lentisco, piensa que así ellos no lo pueden ver.

Me imagino una Doñana como no ha visto la raza humana desde hace mucho tiempo, una Doñana salvaje por fin, un Parque natural de verdad, una naturaleza a salvo de los desmanes de los que nos creemos por encima de todo pero que en realidad estamos aun lejos de entender qué hacemos aquí. Dejo de imaginar ya por hoy y pongo todas mis esperanzas reales en que este pequeño bichito invisible, tan hijo de la Tierra como nosotros, nos haga bichos mejores y menos dañinos para la tierra que pisamos.

About José Antonio Sánchez Iglesias

José Antonio Sánchez se licenció en Biología por la Universidad de Sevilla en 1985. Más tarde, durante varios años, se dedicó a organizar y guiar rutas de senderismo y naturaleza ...

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